YOGA Y PSICOLOGÍA

Roxana Diez

"Tenemos lo que buscamos. Siempre ha estado ahí y si le damos tiempo, se manifestará ante nosotros."

Thomas Merton
La palabra yoga tiene dos significados principales:

En la primera acepción, Yoga significa unión, toda clase de uniones. En los sistemas filosóficos y religiosos de la India se usa en el sentido de realizar la unión del principio espiritual del hombre (atma) con la Divinidad (Brahma), pero también significa la unión consciente del aspecto material del hombre con su aspecto espiritual, y de la personalidad superficial con la personalidad profunda. Es el estado de integración, de unificación consciente de los aspectos superficiales, profundos y superiores del hombre.

En la segunda acepción, Yoga es el conjunto de técnicas precisas y sistemáticas que conducen al desarrollo de determinados niveles de conciencia, y a la integración de tales niveles en una sola unidad de conciencia total y permanente.

Tal definición del Yoga implica que el hombre carece de estas cualidades en el grado, por lo menos, que podría tenerlas. En efecto, el Yoga, al igual que otras enseñanzas de diversas tradiciones, nos afirma que el hombre vive de modo muy limitado en múltiples aspectos de su naturaleza.

Estas limitaciones pueden agruparse en tres categorías:

  • Falta de desarrollo;
      1. Crisis que preceden al despertar espiritual

      2. Este, más que vivir, se puede decir que se deja vivir. Se toma la vida tal y como viene, y no se plantea ningún problema en cuanto a sus orígenes, a su valor, o a sus objetivos. Si se trata de una persona vulgar, se ocupará simplemente de apagar sus propios deseos personales, procurarse los mas variados placeres para sus sentidos, llegar a ser rico o satisfacer sus propias ambiciones. Si posee una moral mas elevada, subordinará sus propias satisfacciones personales al cumplimiento de los deberes familiares y civiles que le hayan sido inculcados, sin preocuparse por conocer los cimientos de esos deberes, su origen jerarquico, etc.

        Pero puede suceder que este hombre ordinario se vea sorprendido o turbado por un cambio imprevisto en su vida interior.

        A veces es consecuencia de una serie de desilusiones; y no es raro que se produzca después de un fuerte choque moral, como puede ser la pérdida de un ser amado. Pero en algunas ocasiones también se produce que sin ninguna causa aparente, y en medio del éxito o del bienestar o del bienestar económico, la persona empieza a percibir una vaga inquietud y a sentir insatisfacción, como un sentimiento de pérdida.

        Se afrontan nuevos problemas y la persona empieza a cuestionarse el sentido de la vida y el por qué de tantas cosas que antes aceptaba como algo natural: el por qué del sufrimiento, tanto del propio como del ajeno; la justificación de tanta disparidad ante la fortuna; el origen de la existencia humana; y su final.

        Aquí comienzan las incomprensiones y los errores: muchos, al no comprender el significado de este nuevo estado de ánimo, lo consideran una maldición, una fantasía anormal; dado que sufren, lo combaten de todas formas posibles; temiendo "perder la cabeza", se esfuerzan por readaptarse a la realidad ordinaria que amenaza con escapar de sus manos.

        Con este y otros recursos, a veces llegan a sofocar parcialmente la inquietud, pero casi nunca pueden llegar a destruirla totalmente: cobijada en lo más profundo de su ser, sigue minando los cimientos de su existencia ordinaria para después, tras algunos años, aparecer de nuevo de forma más intensa. A menudo, a este tormento se le une una crisis moral más definida.

        Esto es solo el esquema genérico de tales experiencias y de su evolución. En realidad, existen numerosas diferencias individuales: en algunos casos no se alcanza el estadio más agudo; en otros llega casi de golpe, sin el proceso gradual; en algunos prevalece la búsqueda y dudas filosóficas y en otros la crisis moral está en primera línea.

        Estas manifestaciones de crisis espirituales presentan similitudes con algunos síntomas de la enfermendad conocida como neurastenia o psicastenia. Una de sus características es precisamente la "pérdida del concepto de lo real", como lo califica Pierre Janet, y otra es la "despersonalización". La semejanza se ve acrecentada por el hecho de que la aflicción de esta crisis también produce a menudo síntomas físicos, como son: Agotamiento, tensión nerviosa, depresión, insomnio, y diversas alteraciones digestivas, circulatorias, etc.
         

      3. Crisis producidas por el despertar espiritual

      4. El inicio de la comunicación entre la personalidad y el alma se ve acompañada de oleadas de luz, de alegría y de energía que frecuentemente producen una admirable liberación. Los conflictos internos, los sufrimientos y los trastornos nerviosos y físicos desaparecen, a menudo con una rapidez sorprendente, confirmando así que aquellos disturbios no se debían a causas materiales, sino que eran consecuencia directa de la fatiga psico-espiritual. En estos casos, el despertar espiritual constituye una verdadera y auténtica cura. Sin embargo, no siempre sucede de manera tan armónica y sencilla; a veces sucede que puede ser causa de complicaciones, trastornos y desequilibrios. Esto sucede en el caso de aquellas personas cuya mente no es lo suficientemente firme o sus emociones son exuberantes e incontrolables o bien poseen un sistema nervioso excesivamente sensible y delicado o incluso el flujo de energía es tan súbito y violento que resulta traumático.

        Cuando la mente es demasiado débil y todavía no está preparada para soportar la luz espiritual, o bien cuando existe una tendencia hacia la presunción y el egocentrismo, este acontecimiento interno puede ser mal interpretado. Se produce entonces, lo que podríamos denominar una "confusión de planos": no se reconoce la distinción que existe de lo absoluto y lo relativo, entre el espíritu y la personalidad, con lo que la fuerza espiritual puede producir la exaltación y el "inflamiento" del yo personal.

        En el manicomio de Ancona se observó un tipico caso de este género: Uno de los internos, un simpatico anciano, afirmaba tranquilo pero obstinadamente...que era Dios. En torno a esta convicción se había forjado toda una serie de fantásticas y delirantes ideas: aseguraba tener las tropas celestiales a su servicio, afirmaba haber realizado grandes proezas. Pero, aparte de esto, era la persona más buena, gentil y encantadora que imaginar se pueda, siempre dispuesta a ayudar tanto a los médicos como a los demás enfermos. Su mente era tan clara y lúcida y sus actos tan delicados que había sido nombrado ayudante del farmacéutico, el cual le confiaba incluso las llaves de la farmacia y la preparación de algunas medicinas. Nunca dió lugar a ningún tipo de problemas, aparte de la desaparición de un poco de azúcar que sustraía de vez en cuando para hacer la vida más agradeble de algunos internos.

        Desde el punto de vista de la medicina corriente, este enfermo vendría a ser considerado como un simple caso de delirio de grandeza, una forma paranoide. Pero estos términos no son más que etiquetas puramente descriptivas o de clasificación clínica, porque en realidad la psiquiatría no sabe nada de cierto sobre la verdadera naturaleza o las causas de estos disturbios; de modo que es lícito ir tras la búsqueda de una explicación más profunda sobre las ideas de ese enfermo.

        Es notorio que la percepción interna de la realidad del espíritu y de su íntima compenetración con el alma humana proporciona al que la experimenta un sentido de grandeza y de ampliación internas, junto con la convicción de que se participa de algún modo de la naturaleza divina.

        En la Biblia encontramos una frase explícita y concisa: ¿no sabéis que sois Dioses?. Y San Agustín dice: Cuando el alma ama algo, a ello acaba asemejándose; si ama las cosas terrenas deviene terrena; más si ama lo divino ¿deviene Divina?

        La expresión más extrema de la identidad de naturalezas entre el espíritu humano, en su pura y real esencia, y el Espíritu Supremo está contenida en la enseñanza central de la filosofía Vedanta: Tat twan asi (Tu eres Ello) y Aham evam param Brahman (en verdad yo soy el supremo Brahman).

        Como fuera que se quiera concebir esta relación entre el espíritu individual y el universal, ya sea que se considere o no como una semejanza, como una participación o como una unión, es necesario reconocer con claridad y tener presente tanto en la teoría como en la práctica, la gran diferencia existente entre el espíritu individual en su naturaleza esencial (el fondo, centro o ápice del alma; el Yo superior o el Sí mismo real); y la pequeña personalidad ordinaria, el pequeño yo que habitualmente conocemos.

        No reconocer esta distinción acarrea una serie de absurdas y peligrosas consecuencias. Esto nos proporciona la clave para poder comprender el desequilibrio mental del enfermo descrito anteriormente, así como de otras formas menos extremas de autoexaltación y de autoinflamiento. El funesto error de todos aquellos que son presa de tales ilusiones es el de atribuir al propio yo personal no regenerado las cualidades y poderes del Espíritu.

        En algunas personas, predispuestas a ello, el "despertar" se acompaña de manifestaciones psíquicas y paranormales de diverso género. Estas personas suelen tener visiones, generalmente de seres elevados o angelicales, o bien escuchan voces, o se sienten impulsadas a utilizar la escritura automática.

      5. Las reacciones que siguen al despertar espiritual

      6. Estas reacciones se producen pasado un cierto tiempo. El despertar espiritual armónico suscita sentimientos de gozo y produce una iluminación de la mente que hace que se perciba el significado y la finalidad de la vida, expulsa muchas dudas, ofrece la solución de muchos problemas y da una sensación de seguridad interior.

        Este estado de gozo puede durar más o menos tiempo, pero está destinado a cesar. Tras ese despertar, la persona (cuya conciencia moral se ha vuelto más refinada y exigente, y cuyas ansias de perfección se han hecho mucho más intensas); se juzga a sí misma con mayor severidad, se condena más rigurosamente e incluso puede llegar a pensar erróneamente que ha caído mas bajo que antes.

        La persona se torna entonces amargada y sarcástica; se burla de ella misma y de los demás, y le gustaría renegar de sus propios ideales y aspiraciones espirituales. Sin embargo, por mucho que se esfuerce en ello, ya no puede retornar al estado anterior: ha tenido una visión y la fascinación de su belleza permanece en ella, y no puede olvidarla. Ya no puede adaptarse a vivir meramente la pequeña vida ordinaria y se siente invadida de una divina nostalgia que no le da reposo.

        La cura de tales reacciones excesivas consiste sobre todo en impartir una clara comprensión de su naturaleza e indicar cual es el único medio a través del cual se pueden superar. Se debe hacer comprender aquel que las sufre que el "estado de gracia" no podía durar para siempre, que esta reacción es natural e inevitable. Es como si hubiese realizado un magnífico vuelo entre las cumbres iluminadas por el sol, que permitiera admirar el amplio paisaje que se extiende hasta el horizonte; pero todo vuelo antes o después debe finalizar: se regresa de nuevo al llano y, posteriormente, hay que volver a subir lentamente la pendiente que conduce a la estable conquista de las cimas. El reconocimiento de que este descenso o "caída" es un acontecimiento natural, al cual todos estamos sometidos, reconforta y alivia al peregrino y le anima a disponerse con más ánimo para el ascenso.

      7. Las fases del proceso de transmutación

      8. La ascención a la que nos referimos consiste en realidad en la transmutación y regeneración de la personalidad. Es un proceso largo y complejo, compuesto por diversas fases: de purificación activa, encaminadas a mover todo aquello que obstaculiza la afluencia y la acción de las fuerzas espirituales; fases de desarrollo de las facultades interiores que habían permanecido latentes o débiles; fases en las que la personalidad debe permanecer firme y dócil, dejándose trabajar por el Espíritu y soportando con valor y paciencia los inevitables sufrimientos. Se trata de un período lleno de cambios, de alternativas entre luz y tinieblas, entre alegría y dolor.

        Las energías y la atención de quien está pasando por ello a menudo están tan absorvidas por esa tarea que le resulta difícil hacer frente a las distintas exigencias de su vida personal. Por ello, observada para quien juzgue desde el punto de vista de la normalidad y de la eficiencia práctica, parece que la persona ha empeorado y vale menos que antes. Debido a ello, su trabajo interior se ve a menudo afectado por juicios arbitrarios y llenos de incomprensión por parte de los demás, de los familiares, de los amigos e incluso de los médicos, que no se ahorran observaciones mordaces sobre los "hermosos resultados" de sus aspiraciones e ideales espirituales que lo hacen débil e ineficiente en la vida práctica.

        También ello constituye una de las pruebas que deben ser superadas. En particular, enseña a vencer la sensibilidad personal, a adquirir independencia de juicio y a mantener una conducta firme. Por ello, tal prueba debería ser asumida sin rebelión, incluso con serenidad. Por otro lado, si aquellos que rodean a la persona sometida a dicha prueba comprenden su estado de ánimo, pueden serle de gran ayuda y evitarle muchos contrastes y sufrimientos innecesarios.

        En realidad se trata de un período de transición: un abandonar un viejo estadio sin haber alcanzado todavía el nuevo. Se trata de una condición parecida a la del gusano que está experimentando el proceso de transformación que le hará convertirse en mariposa: debe pasar antes por el estado de crisálida, que es una condición de desintegración y de impotencia.

        Pero el hombre generalmente no viene dotado de ese privilegio del que goza el gusano, y no puede desarrollar esta transmutación protegido y recogido en el interior de un capullo. Debe permanecer, sobre todo en nuestros días en su puesto y seguir resolviendo lo mejor posible sus propias obligaciones familiares, profesionales y sociales, como si en él no estuviese sucediendo ningún cambio.

        No debe sorprendernos por ello de que una obra así de compleja y fatigosa sea en ocasiones causa de trastornos psíquicos y nerviosos, como por ejemplo: el agotamiento nervioso, insomnio, depresiones, irritabilidad, intranquilidad, etc... A su vez, estos trastornos, y dada la gran influencia de la psique sobre el cuerpo, también pueden llegar a provocar diferentes síntomas físicos.

        Por consiguiente, es preciso aprender a regular adecuada y sabiamente el flujo de las energías espirituales, evitando su dispersión, pero no por ello dejándolas de emplear activamente en nobles y fecundas obras interna y externas.

      9. La "noche oscura del alma"
      Cuando el proceso de transformación psicoespiritual alcanza su estado final y decisivo, produce a veces un intenso sufrimiento y una oscuridad interna que fue denominada por los místicos cristianos como la "noche oscura del alma". Sus caracterísiticas hacen que se parezca mucho a la "psicosis depresiva o melancolía. Dichas características son: un estado emocional depresivo, que puede llegar incluso hasta la desesperación; un acusado sentido de la propia indignidad; una marcada tendencia a la autocrítica y a la autocondena que en algunos casos puede llevar a la convicción de que se es un caso perdido o condenado; una penosa sensación de impotencia mental; un debilitamiento de la voluntad y del autodominio; una sensación de disgusto y una gran dificultad para actuar.

      A pesar de las apariencias, esta extraña experiencia no es un estado patológico; sus causas son espirituales y posee un gran valor espiritual.

      Considerando la cuestión bajo un punto de vista médico y psicológico; es preciso darse cuenta de que aunque los trastornos que acompañan a las distintas crisis del desarrollo espiritual parecen, en principio, semejantes o idénticas a las padecidas por los enfermos ordinarios, en realidad sus causas y significado son muy diferentes y en cierto sentido opuestos, por lo que en consecuencia el tratamiento también debe ser muy distinto.

      Por lo general, los síntomas neuro-psíquicos de los enfermos ordinarios suelen tener un carácter regresivo. Estas personas no han sido capaces de realizar los ajustes internos y externos necesarios que forman parte del desarrollo de la personalidad. En cambio, los producidos por la tarea del desarrollo espiritual tienen un carácter netamente progresivo, siendo resultado del esfuerzo por crecer, por el impulso hacia lo alto y como consecuencia de conflictos y desequilibrios temporales entre la personalidad consciente y las energías espirituales que irrumpen desde lo alto.

      Para el primer grupo, la labor terapéutica consiste en ayudar al enfermo a alcanzar la "normalidad", eliminando las represiones y las inhibiciones, el miedo y los apegos, ayudándolo a trascender su excesivo egocentrismo, sus falsas evaluaciones y su deformado concepto de la realidad para llegar a alcanzar una visión objetiva y racional de la vida, a la aceptación de sus deberes y obligaciones y a una justa apreciación de los derechos de los demás. Los elementos no desarrollados adecuadamente, deben ser armonizados en una psicosíntesis personal.

      En cambio, para el segundo grupo de personas, la labor curativa consiste en producir un ajuste armónico, favoreciendo la asimilación y la integración de las nuevas energías espirituales con los elementos normales preexistentes, es decir: acometer una psicosíntesis transpersonal alrededor de un centro interior más elevado.

      Así, pues, está claro que el tratamiento apropiado para los enfermos del primer grupo es insuficiente para los del segundo. Si el paciente se pone en manos de un médico que no entienda sus sufrimientos y que niegue o ignore las posibilidades de su desarrollo espiritual, en lugar de disminuir, sus dificultades aumentarán. Este médico puede devaluar las aspiraciones espirituales del paciente, considerándolas como vanas fantasías o interpretándolas de forma materialista.

      En cambio, un médico que a su vez persiga la vía espiritual o al menos tenga una clara comprensión y una apreciación adecuada de la realidad espiritual y de su conquista, puede resultar de gran ayuda para los pacientes de este tipo.

      Cuando una persona se encuentra en la segunda fase, se le hará un gran bien explicándole la verdadera naturaleza y función de sus experiencias, avisándola previamente de que éstas son necesariamente temporales y describiéndole las posteriores vicisitudes de la peregrinación.

      Durante el estadio de "la noche oscura del alma" es bastante difícil poder prestar ninguna ayuda, porque quien se encuentra en ella se ve envuelto por una nube densa y se halla inmerso en su propio sufrimiento de modo que la luz del espíritu no alcanza su conciencia. En estos casos, la única forma de poder animarlo y prestarle ayuda es repitiéndole hasta la saciedad que se trata de una experiencia transitoria y no de un estado permanente, que es lo que tiende a creer quien en ella se encuentra.

      Es oportuno aclarar que estos tratamientos psicológicos y espirituales no excluyen la utilización de otros medios físicos auxiliares, los cuales pueden aliviar los síntomas y contribuir al éxito de la curación. Tales ayudas serán sobre todo aquellas que apoyen a la salud por medios naturales, tales como una alimentación sana e higiénica, técnicas de relajación, estar en contacto con la naturaleza, y alcanzar un ritmo equilibrado en las diversas actividades físicas y psíquicas.

      Además, estos tratamientos serían mucho más fáciles si al mismo tiempo se formaran también grupos de terapeutas y asistentes adecuadamente preparados para cooperar de forma inteligente.

      Finalmente, sería útil que el público en general fuese informado de los principales referentes a las concexiones entre las molestias neuropsíquicas y las crisis internas, de manera que los familiares pudiesen facilitar la labor del paciente y del terapeuta, en lugar de complicarla y obstruirla con su ignorancia, prejuicios, temores y su activa oposición, tal y como acostumbra a suceder.

      CONCLUSIÓN

      "El alma se mueve en el mundo de los sentidos y pese a ello mantiene en armonía los sentidos....encuentra el descanso en la quietud."

    Bhagavad-guita
     
    El dejarse absorver por los intereses prácticos y los deberes personales, puede conducir fácilmente al separatismo, a una indebida afirmación del yo personal y al egoísmo.

    Los aspectos superiores de esta edad psicológica pueden resumirse en tres palabras: armonía, equilibrio y eficiencia.

    Durante este período, el hombre es capaz de conseguir el equilibrio entre el espíritu y la forma: la personalidad ya formada y perfeccionada, deviene en un instrumento de expresión del yo, bien formado, construído y resistente pero suficientemente fluído. Es entonces cuando la persona está preparada para actuar en el mundo de la voluntad del Espíritu.

    Esta edad (crítica a nivel espiritual), es el punto donde los caminos se separan, es el momento de la elección que decidirá el futuro del alma.

    Cuando esto sucede se puede observar un hecho extraño. Una nueva sensación de poder, fervor y eficiencia invade a estos hombres; es como una especie de rejuvenecimiento, una nueva juventud interna cuyas mejores cualidades se suman a las de la edad madura. Este hecho suele conllevar una interesante correspondencia física, ya que en algunos casos de personas robustas con más de ochenta años de edad se ha podido observar el inicio de una tercera dentición.

    En otros casos tiene lugar un conato de rejuvenecimiento emotivo. El ejemplo más famosos es el de Goethe, el cual a la edad de los setenta y cuatro años se enamoró de una jóven alemana.

    En el caso del rejuvenecimiento espiritual se trata de algo muy profundo y fundamental, que es producto del matrimonio, por asi decir, de la personalidad con su espíritu más íntimo, del cual brota un poderoso flujo de energía espiritual, de luz, y de amor que la vivifican y transforman.

    Pero el hombre ciego e ignorante tiene miedo de dejarse llevar, no quiere abandonar los puntales que lo sostienen ni los apegos que le unen a las cosas y a las personas que teme perder, y por ello se muestra reacio a las invitaciones y a los comandos del Espíritu; hasta que llega al límite de su resistencia y se ve obligado a rendirse. Incluso el mundo se le aparece como transfigurado y, dentro y más allá de la mutabilidad de las apariencias, siente en todas las cosas y seres el palpitar del poderoso ritmo de la unidad suprema.

    Algunas veces sucede que la personalidad no se halla lo bastante preparada o está mal constituída y no resiste el influjo de la fuerza espiritual, reaccionando de forma inarmónica o patológica. De este modo es como se producen las exaltaciones, los desequilibrios o el fanatismo.

    En otros casos, tras el período de luz, gozo y de fecunda actividad, empieza la lucha; el alma se ve obligada a penetrar en "la noche oscura" experimentada y descripta por muchos místicos. Se trata de un estado interior de sufrimiento y privación, análogo al que precede al despertar del alma pero mucho mas profundo completo y radical.

    La comprensión de la naturaleza y el objetivo de esta prueba puede hacerla menos dura y larga. En lugar de sufrirla a la fuerza, se puede cooperar voluntariamente e inteligentemente en su acción, acogiéndola sin intentar rechazar el terrible y magnífico regalo que nos ofrece.

    Esta cooperación puede resumirse en dos palabras: amor y aceptación. Aceptar comprensiva y generosamente los sufrimientos, las expoliaciones, el aniquilamiento. Y, todavía más: amarlo.

    De esta forma se llega a la denominada "vida unitiva". Es el estado de victoria y liberación que los orientales llaman Nirvana. En él, todo deseo o anhelo personal es consumido; todo apego, quemado; y todo temor disipado. El espíritu, así vinculado, alcanza un sutil y formidable poder: es capaz de la acción sin acción a la que nada puede resistirse.

    Es el estado de Samadhi, el estado de permanencia en la conciencia pura e ilimitada. En este estado, en el que logramos ir más allá del tiempo y del espacio, del pasado y del futuro y de la individualidad, alcanzamos a experimentar el ámbito de lo eterno y lo infinito. Ésa es nuestra naturaleza esencial. Al entrar en samadhi con regularidad, provocamos el cambio de nuestro punto interno de referencia, que pasa del ego al espíritu. Así, realizamos nuestros actos en el mundo material bajo nuestra forma individual, pero nuestro estado interior es el de un ser universal.

    Éste es un estado del ser en el cual no hay temor ni ansiedad. En él renunciamos a la necesidad de tomarnos demasiado en serio, porque reconocemos que la vida es una representación teatral cósmica y entonces, tal como haría un actor, representamos nuestro papel de manera impecable, pero sin que nuestro verdadero ser se diluya en el personaje. Ésa es la meta del yoga: llegar a reconocer que somos seres espirituales ocultos tras un disfraz de seres humanos, y establecernos en la unión para realizar nuestros actos en armonía con el flujo evolutivo de la vida.

    Con estas explicaciones, a primera vista, parece uno haberse adentrado en un mundo distinto del que circula y agita a nuestro alrededor, muy alejado del ruido de los coches, los centros comerciales, los bailes y espectáculos, de los interminables problemas económicos; pero esta lejanía es mucho menor de lo que creemos. Lo que solemos ver en la vida moderna es solamente una fachada, pero detrás está la vida de las almas en pena; ocultos tras el tumulto y las luchas externas están los tácitos roces y conflictos de las fuerzas psíquicas y espirituales. Tras las máscaras pintadas que se agitan al compás de las músicas de hoy, tras las personas vestidas de fiesta que consumen bebidas alcohólicas, tras aquellos que apuestan en las salas de juego o que se degradan con la droga, ¿quién puede decir cuántas de estas almas atormentadas no están intentando huir del acoso celestial?

    Y en las clínicas, en los manicomios, tras las figuras postradas e inmóviles, mudas de desesperación o que gritan su insostenible pena, ¿quién puede decir cuántos incomprendidos e ignorantes están atravesando las terribles pruebas de la disolución interior, de la noche espiritual?

    ¿Cuántos errores funestos, cuántos dolorosos e innecesarios conflictos y complicaciones se podrían evitar si estas almas se comprendiesen a sí mismas y fuesen comprendidas por los demás?

    Solo mediante el despertar del alma profunda, solo con la reconocida y realizada soberanía del Espíritu, podrá alcanzar el hombre el verdadero poder, la paz segura, la divina libertad que es su suprema, aunque inconsciente aspiración.

     Om shanti shanti shanti...

    BIBLIOGRAFÍA

  • Antonio Blay: Hatha Yoga; Ed. Iberia